Yo Resiliente

 

Resiliencia

A menudo nos trazamos nuevos propósitos para inicio del año. Listas de nuevas metas, objetivos ambiciosos, grandes sueños por alcanzar… ¿tú has hecho ya tus propósitos para este 2018?

Yo arranqué el 2017 con muchas expectativas de crecimiento, de nuevos proyectos y  con la inquietud latente de un nuevo lienzo en blanco para pintar de mil posibilidades; una mente ansiosa de garabatos creativos, productivos y realizables.

Y eso fue genial, tenía todo organizado, cuadriculado y, a veces, hasta medido. El año inició y a medida que pasaban los días, venía uno que otro ajuste. Un pequeño cambio por aquí y otro por allá, nada que no pudiera arreglarse con un apretoncito de tuercas.

Pero el año avanzó y de pronto aquellos retos que parecían sencillos fueron mutando; enero, febrero, marzo… mis metas pasaban por mis ojos (sin realizar, claro) y algunas se volvieron rebeldes y otras, mucho más irreverentes, simplemente se rehusaban a concretarse.

Luego sucedieron eventos que golpearon fuertemente mis emociones, por lo que tuve que hacer más cambios o, más bien, postergar fechas, procrastinar.

Abril, mayo, junio… más giros, más cambios. Comencé a sentir que a mitad del año el esfuerzo era más grande. Y vinieron otras nubes grises, más situaciones difíciles que salían de mis manos.

Para no hacer el cuento largo, el último semestre del año enfrenté eventos aún más adversos e, incluso, la pérdida de un ser muy querido. Este último evento tumbó por completo mi entusiasmo por realizar mis ilusiones y, peor aún, me enfrentó a un abismo de ansiedad y de incertidumbre que, lejos de impulsarme a perseguir mis metas personales, me hundía en un estado de desequilibrio emocional y mental.

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En resumen, 2017 no fue un año como lo esperaba. Metas no cumplidas, un mar de confusiones y una serie de eventos desafortunados que bombardearon cada flanco de mi vida.

Al principio, me dejé vencer. Fui pesimista. Lloré. Sentí pena por mi camino truncado. Pero al llegar al fondo de mis frustraciones descubrí que había algo que no encajaba. A pesar de no haber brillado como quería, sentía que todavía tenía la capacidad de lograrlo más adelante. Una lucecita se negaba a morir dentro de mí.

Y de ahí me agarré. Comencé a filosofar sobre el por qué de esos eventos y el para qué llegaron a mi vida en ese momento preciso. Al principio, no tuve todas las respuestas, pero sí algunas preguntas correctas que me ayudaron en mi escalada hacia la salida.

Quiero compartir algunas de las claves que me ayudaron a salir de nuevo a la caza de mis sueños y a regresar al camino. A lo mejor, podrían ser de utilidad para alguien más, si se aplican y se hacen los ajustes necesarios según sea el caso:

  • Entrégate a la derrota.

Sí, parece que este paso no es muy buen consejo… pero no lo tomemos tan literal. Entregarnos a la situación que nos agobia implica enfrentar, comprender y aceptar lo que nos ocurre. Si no reconocemos que estamos en una situación adversa, jamás podremos descubrir cómo salir de ella. Reconócela y dale la importancia que merece, sin dejarte caer en la telaraña del maltrato hacia ti mismo.

  • Deja que te duela.

Cuando pasas un momento de dolor, muchas personas te dirán que no llores o que dejes ir aquello que no puedes cambiar. El asunto es que para dejar ir eso que no queremos tener en nuestra vida, primero debemos enfrentarlo, llorarlo, lamentarlo el tiempo que sea necesario para poder desahogar el alma y corazón.

Buda dijo una sabia frase que siempre es mi roca en momentos de pesar: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”. Elijamos no sufrir.

  • Encuentra las joyas ocultas.

Una vez pasada la etapa de lamento y dolor, levántate y camina. En cada problema, en cada situación  siempre hay una lección. La clave está no en ver el problema, sino preguntarte: ¿qué descubrí con ese problema que no habría descubierto de otro modo?, ¿Qué puedo sacar de ella?, ¿Qué aprendí?

El dolor también es vehículo de conciencia. Nuestro deber es encontrar la joya que se esconde detrás del infortunio.

  • Hay que pulir la joya.

De nada nos sirve decir: “!cuánto aprendí de esa experiencia!” o “he descubierto la lección para mi vida” si no pasamos a la etapa más importante de esa vivencia.

Pulir la joya encontrada conlleva a la aplicación de esa lección en nuestra vida práctica. Es decir, si ya sé qué aprendí del evento, ahora el asunto es ¿qué haré con esa información?

Hay que ver si la lección aprendida se puede aplicar o encaja con otros ámbitos de nuestra vida. Seguro que la lección, si es pura, puede ser aplicada a muchos aspectos de nuestra cotidianidad.

  • Tomar acción.

Ahora el asunto está en decidirte a poner en práctica lo aprendido. Revisemos, hemos pasado por varias etapas: evento desafortunado + aceptar el suceso + vivir el dolor + explorar el mensaje oculto + identificar cómo aplicar la lección aprendida.

Terminado el análisis, debemos identificar cómo y cuándo usar esta lección y sacar provecho de ella. ¡Ahora es el momento de actuar! Usemos lo aprendido en nuestro beneficio.

En su libro Meditaciones, Marco Aurelio nos dejó adelantadas valiosas joyas ya listas para pulir. Una de sus frases dice: “Acuérdate, en adelante, cada vez que algo te haga estar triste, de recurrir a esta máxima: que la adversidad no es una desgracia, antes bien, el sufrirla con grandeza de ánimo es una dicha”.

Y también dijo que “cualquier cosa que te acontezca, desde la eternidad estaba preestablecida para ti, y la concatenación de causas ha entrelazado desde siempre tu subsistencia con este acontecimiento”.

No puedo estar más de acuerdo. Todo llega a nuestra vida con un propósito perfecto y valioso para nosotros. Pero quejarnos no ayuda, no cambia. Sólo la acción transforma.

Finalmente, las reflexiones en estos temas me llevaron a poner en primera persona una palabra que desde hace un tiempo ronda las redes sociales, psicoterapias y sesiones de coach: Resiliencia.

La resiliencia es la capacidad que tiene una persona para enfrentar un evento adverso o de dolor y salir fortalecido de él. Después de mi 2017 me pregunté ¿qué tan resiliente soy ante lo que llega a mi vida?

Descubrí que esa serie de eventos desafortunados me llevó a construir más resiliencia en mí misma. Cada suceso me dejó un regalo, me hizo más fuerte, más resiliente. Así que, puedo decir que ¡2017 fue uno de los mejores años de mi vida!

Aplicar estos pasos me da un nuevo impulso para enfrentar con alma y corazón este 2018. Soy resiliente porque viví intensamente cada experiencia. Vendrán más sucesos, pero ahora comprendo que todos abonan en mi camino y marcan el mapa de mi historia con sabia precisión y perfección.

Y tú, ¿estás listo para los retos de este año nuevo?

 

Lic. Claudia Zaldaña,
Nueva Acrópolis El Salvador

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“Aclaración: Las opiniones vertidas en este artículo son exclusivas del autor y no representan necesariamente una postura oficial de Nueva Acrópolis El Salvador.”

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