Sobre lo que aprendo y lo que sé

Hace unos días reiniciamos clase en la universidad y le hice una pregunta a uno de mis grupos de clase sobre el contenido de la materia que habíamos cursado el ciclo anterior. Luego de todo el esfuerzo que habían hecho y al estar tan reciente, pensé “esto es fácil, deben recordarlo”.

Ingenua. No recordaban nada. Lo cual me pareció una especie de venganza cósmica, porque, ciertamente, en mis días de estudiante yo tampoco recordaba muchos detalles de una materia después los parciales.

Más allá de este aparente síndrome de memoria defectuosa que uno padece en la universidad, esto me recordó a una distinción que suele hacerse al estudiar filosofía, entre las cosas que uno aprende y aquello que uno verdaderamente sabe.

Yo puedo aprender algo intelectualmente, guardarlo en mi memoria, conocer sus componentes. Por ejemplo, conducir. Recuerdo a mi papá explicarme ese proceso por primera vez cuando tenía catorce años… cómo funcionaba la palanca de velocidades, el pedal del freno, el acelerador, etc. Sin embargo, ello fue muy diferente de la acción de conducir… y cómo olvidar la frustración de mi papá al ver que mi sentido de la dirección desaparecía al conducir de retroceso.

En ese primer momento aprendí todo acerca de cómo manejar un automóvil… pero nunca utilicé uno sino hasta varios años después. Sea por miedo o porque aún me faltaba afinar mis habilidades, aprendí solo una teoría. Pero en realidad no sabía manejar.

La filosofía a la manera clásica es como aprender a conducir. Uno aprende cierta teoría, el cómo se hace… pero la manera en la que uno se vuelve un conductor es poniendo en práctica el conocimiento en ese momento. Y mucho de ello es a prueba y error. Probablemente al principio el carro de la vida se nos apague en un “alto”. Pero luego ya no hay que pensar los pasos, porque el conocimiento está integrado en las acciones. Cuando uno conduce no piensa “encender, meter el clutch, meter primera, acelerar y sacar el clutch”. Ya no ocurre así, puesto que ese conocimiento ya es parte de uno. Es algo que se sabe.

La filosofía es buscar la sabiduría. Y ello implica integrar los conocimientos a la vida, hacerlos parte de quienes somos. Puede ser muy cool conocer lo que dijeron Platón, Aristóteles y Séneca (y lo es). O aprender sobre cómo funcionaba el Imperio Romano. Pero aplicar, buscar cómo vivir las ideas que estaban en el corazón de aquel imperio… eso es verdaderamente hacer filosofía[1]. Cuando Siddhartha Gautama, el Buda, dijo “el dolor existe” – la primera de las Cuatro Nobles Verdades para la liberación del ser humano – la gente no le dijo “ah, ¿no me digas?”. No, porque dio una guía de cómo aplicarlo[2].

En otras palabras, no seamos como un alumno desesperado por aprobar un parcial. No seamos alguien que aprendió la teoría sobre conducir un automóvil, pero que manejó hasta que la necesidad fue apremiante. Seamos como los aprendices de un oficio… el oficio del filósofo, alguien que busca entender las cosas, pero también vivirlas. Para ello se me ocurren[3] algunos consejos para ser aprendices de filósofos:

  • La primera característica de alguien que aspira a este noble oficio es la humildad. Esta es fácil y difícil a la vez, porque es una actitud que no debemos perder jamás. Es reconocer que nunca dejaremos de aprender.

¿A cuántos no les pasó en la universidad que aprendían un poco acerca de su carrera y ya se sentían expertos? (Mea culpa). No se puede presumir de filósofo por leer La República de Platón, pero alguien puede saberse filósofo cuando reconoce que le falta mucho para realizarse en la vida.

Así, esta humildad nos vuelve conscientes de la necesidad de estar en constante investigación. Principalmente sobre uno mismo (tanto así, que los Pitagóricos creían que en el conocimiento de uno mismo está la clave de entender todo sobre el universo). Pero también en los maestros. Así como hoy en día cualquier aparato trae su manual de uso, la vida también los trae. Las enseñanzas de los grandes maestros y filósofos de la humanidad son una buena fuente de ideas y herramientas.

  • La segunda característica es estar atento. ¿Atento a qué? Atento a las oportunidades de aplicar aquello que hemos aprendido de nuestras experiencias. Desde algo sencillo como tener una estrategia para levantarse temprano, hasta mejorar nuestras relaciones con los demás, tomar mejores decisiones, sobrellevar las situaciones difíciles, etc.
  • La tercera característica del filósofo es que comparte. El impulso de compartir las cosas buenas que uno descubre es natural. Es ayudar a otros a construir su propia sabiduría (que es muy diferente a resolver sus problemas). Al respecto, el filósofo romano Séneca decía que él preferiría rechazar la sabiduría, si como condición de tenerla le prohibieran compartirla[4].

Estos son algunos consejos para llegar a poseer verdaderamente lo que se aprende. Pero la consigna idea siempre debe ser preguntarse sinceramente “¿cómo puedo vivir esto que he aprendido?”. Ese es el conocimiento que vale.

Pero, ¿por qué tanto afán en aplicar las enseñanzas? ¿Para ser mejor persona? Puede parecer obvio, pero vale reflexionar al respecto.

Hace unos días, por mi trabajo tuve que entrevistar a algunos jóvenes que habían dejado la escuela antes de completar el bachillerato. Una de las preguntas de la entrevista era que contaran cuál era el sueño más loco de su vida. La respuesta a estas preguntas casi siempre tiene que ver con tener cosas y es natural cuando tu vida ha sido marcada por las carencias… pero creo que todos tenemos más o menos claro qué nos gustaría tener, cómo nos gustaría vivir la vida. Ya sea en estos momentos o a futuro. Pero a veces nos falta tener claridad sobre quién queremos ser.

Las experiencias y enseñanzas que vamos recogiendo en la vida son parte fundamental de esa persona que queremos ser. Dicen que nosotros somos lo que hacemos… y si en nuestras acciones aplicamos las enseñanzas, nos convertimos en ejemplo de ellas.

Así que no permitamos que los aprendizajes sean solo palabras vacías. ¿A qué versión de ti mismo le quieres apuntar? Vale preguntárselo y empezar a vivir la cosecha de nuestras experiencias y aprendizajes. Al final del día, esa es la actitud ante la vida que llamamos filosofía.

Margarita Barrientos, instructora de cursos de jóvenes Nueva Acrópolis El Salvador

[1] Estos y otros temas son cubiertos por nuestro curso de filosofía.
[2] La cuarta noble verdad, por cierto.
[3] ¡Ya quisiera que a mí sola se me hubieran ocurrido! Helena Petrovna Blavatsky (una señora rusa que se dio la tarea de ir al Tíbet para traer a Occidente un conocimiento que ya se había olvidado), es la inspiración de esto, con algunas aplicaciones propias.
[4] Esto lo puedes encontrar en un libro llamado “Cartas a Lucilio”, en el que Séneca le da muchos consejos a su aprendiz, Lucilio. La pregunta es, ¿habrá aplicado alguno?

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