¡Seamos como las luciérnagas!

Enciende la tele, pasa los canales, deja ese, ¡ese! Sí, justo ese donde salen las noticias. Quédate unos minutos y observa en silencio. ¿Lo notaste? ¿Viste cuántas malas noticias? ¿Cuántas buenas pudiste contar? ¿muy pocas? ¿ninguna?

Cada día nos levantamos en un mundo que nos bombardea con imágenes e información. Mucho de lo que recibimos depende del contexto en el que nos movamos, pero, en general, las personas tendemos a fijarnos más en lo malo que en lo bueno.

Nuestra cotidianidad está rodeada de eso, de malas noticias. Las noticias nos filtran aquello que, según ellos, es de mayor interés para la audiencia: lo malo que ocurre todos los días, mientras que las noticias buenas tienen poca propaganda. Lo malo “vende”; lo bueno, no tanto.

Pero el mundo y la vida son más que eso. Lo que pasa es que no todas las personas se enfocan en la belleza y la bondad.

Hace muchos años existió un príncipe a quien le pasaba lo contrario. Su padre lo tenía aislado de la maldad, el sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte. Lo rodeaba sólo de amor, bondad y felicidad. Su nombre era Siddharta Gautama y jamás había salido de su palacio en la ciudad de Kapilavastu, Nepal. Su padre no lo dejaba salir para que no se diera cuenta del sufrimiento que hay en el mundo. Siddharta, sin saberlo, estaba preso en su propio reino de perfección y felicidad.

Un buen día, el joven sintió que la riqueza y los lujos no le llenaban, algo clamaba en su interior. Así que decidió abandonar su reino y emprender la búsqueda de la verdadera felicidad. Tras un largo camino lleno de pruebas, tanto físicas como espirituales, Siddharta consiguió la Iluminación y se convirtió en el Buda. El Iluminado comprendió que el sufrimiento existe, pero que es posible liberarnos de él si trabajamos en nosotros mismos para despojarnos del apego y de la ilusión de los sentidos.

El dolor existe, dijo Buda, pero el sufrimiento es opcional. Somos nosotros quienes debemos gobernar sobre nuestra vida, nuestra mente, nuestros actos. Podemos liberarnos del sufrimiento si elegimos conscientemente trabajar en nosotros mismos.

La crisis que vive nuestro mundo actual no es una crisis económica, política, ni religiosa. La mayor crisis de este mundo y la causa primera de todos nuestros males es que enfrentamos una crisis de Consciencia.

El Buda descubrió que no somos solamente seres individuales cegados por el egoísmo, sino que somos parte de un Todo que nos une. Somos Uno, un solo ser, una energía única que lo llena todo. Si todos fuéramos plenamente conscientes de esto, la maldad desaparecería del hacer del ser humano, pues comprendería que al hacer daño a otros, en realidad, se daña a sí mismo.

Buda se dio cuenta de todo esto y, en lugar de quedarse gozoso de su triunfo al alcanzar la Iluminación, decidió compartir lo que descubrió con los demás seres humanos, para que otros también pudieran avanzar en el camino hacia el Despertar. Mostró con su ejemplo lo que predicaba y animó a no creer a ciegas en sus palabras, sino a dudar de ellas y a comprobarlas por cuenta propia. “Duda de todo”, dijo. “Encuentra tu propia luz”.

Quizá pienses que nosotros no podemos iluminarnos como el Buda. Tal vez creas que la Iluminación es un “acto mágico” que es ajeno al ser humano común de este tiempo, pero, déjame plantearte las cosas desde otra perspectiva.

Considero que la Iluminación no precisa de ser un hecho insólito e inalcanzable. Creo que la iluminación también puede resumirse en un breve instante, tan sutil como el aroma de una flor, el aleteo de una libélula o el humo desprendido de una vara de incienso. Y, no por eso, dejar de ser algo trascendental. Cuando el ser humano aprende a ver con el Alma y no con los ojos físicos, es capaza de encontrar la luz en todo lo que le rodea.

En este sentido, podemos encontrar luz en los pequeños hechos de la vida cotidiana, en el vaivén de las rutinas personales, laborales, en el caos del tráfico y hasta en el tóxico oleaje de información del noticiero estelar.

Pero para llegar a experimentar momentos de conexión con esa luz interior, debemos educar nuestra mente y nuestras emociones y conectar con esa chispa divina que todos tenemos dentro.

Te comparto algunos pequeños ejercicios que me han sido útiles y que considero se pueden poner en práctica para sentirnos más conectados con nuestra luz interior:

  • Observa

Pon atención en lo que te rodea. Sal un día a la calle con el propósito de observar cuánta belleza y bondad hay en tu vida todos los días. No sólo en la naturaleza o en aquello que normalmente consideramos bello, sino en cada evento cotidiano como por ejemplo, la bondad del señor vigilante que te abre una puerta, el saludo sonriente de tu compañero de trabajo o ¡hasta ese momento anhelado cuando por fin logras salir del tráfico!

Trata de descubrir esos rincones escondidos en donde anida la bondad, la belleza y el amor. Estas virtudes no están en las cosas o los hechos, sino en los ojos del que mira. ¡Descúbrelas!

  • Imagina

Seguramente no todas las personas te sonríen cada día o son amables contigo. Algunas veces, el estrés del tráfico saca ese lado no tan dulce en las personas y de seguro siempre encontrarás a más de alguien desbordado de tensión.

Pero te invito a imaginar que son buenas y repetir en tu mente esa cara amarga que recibiste de alguien, pero transformada en un gesto amable. Es como volver a pasar por tu mente la escena que no te gustó e imaginar cómo quisieras que hubiera sido.

Esto cortará el efecto dañino de lo que recibimos y te conectará con ese influjo luminoso que te ayudará a ver la bondad y belleza donde parece que no la hay.

Imagina un mundo distinto, así como te gustaría que fuera. Un mundo sin guerras, sin hambre, sin injusticias. Imagina y crea en tu mente un mundo mejor. Crea tu propio mundo. Yo estoy convencida, si lo puedes pensar, ¡lo puedes crear!

  • Actúa

A veces queremos solo recibir lo bueno, pero no siempre damos lo bueno. No podemos esperar recibir aquello que no damos. Como dicen por ahí: “Lo que das, te lo das y lo que no das, te lo quitas”.

Tratemos de entregar aquello que queremos recibir. No hablo de cosas materiales. Una sonrisa, un pensamiento de gratitud, un deseo de bienestar para los demás genera mucha más luz que cualquier objeto que podamos dar.

Escoge un día cualquiera y haz el ejercicio de dar: envía felicidad a las personas, siembra pensamientos de un mundo nuevo y mejor y abónalos con acciones personales que contribuyan con ese ideal. ¡Conviértete en creador de la bondad y en sembrador de luminosidad!

  • Repite

Siempre que nos propongamos hacer algo, debemos hacerlo con la consciencia de que un acto aislado no deja tanta huella como aquello que repetimos constantemente. Si queremos conectarnos con esa luz de la que Buda hablaba, debemos primero conectarnos con nuestra luz interior para luego encontrarla afuera.

Si hacemos repetidamente estos ejercicios de observar, imaginar y actuar, crearemos más lazos con lo eso que llamamos Iluminación y borraremos, poco a poco, las huellas de aquello que no nos hace felices. Estaremos tan concentrados en encontrar lo bueno en todo y en todos, que no tendremos tiempo de pensar en lo malo y, por tanto, afectará menos nuestra vida.

Y aquí viene la Magia. Cuando un ser ha encontrado aunque sea un rayito de esta luz, “casualmente” empieza a descubrir más luz en cualquier lugar al que va y en cualquier persona con quien se encuentra.

Así que repite. ¡Haz que la bondad se convierta en tu hábito!

  • Multiplica

Esta es una de mis acciones favoritas.

Para que más claridad llegue a nuestra vida, debemos actuar como replicadores de la bondad, la luz y la belleza. Cada vez que encuentres a alguien, trata de ser bueno, de dar, de enviarle pensamientos positivos, de enseñar aquello que edifica y que te es útil.  Aprendí hace tiempo una frase mágica que me ha servido mucho: “Sé lo máximo que eres en lo mínimo que haces”.

Comparte tu conocimiento con los demás, no lo guardes solo para ti. Haz que fluya a través tuyo. Comparte lo bueno que vas encontrando y conviértete en multiplicador y en amplificador. ¡Sé la chispa que ilumina en la penumbra!

Si practicas lo anterior, la luz llegará a ti y la verás reflejada hasta en donde menos la esperes.

Cuando pienso en la luminosidad y en ese acto de iluminar o iluminarse, me gusta pensar en las luciérnagas. Esas diminutas criaturas que andan por ahí volando y parecen insectos poco atractivos, pero de pronto dejan ver ese destello tan hermoso que llevan en su interior, dejando ver su brillo justo en esos sitios más oscuros.

Eso fue lo que hizo Buda. Encontró lo luminoso dentro de él y fue por un mundo lleno de oscuridad diciendo que es posible iluminarse. Se enfocó en ayudar a otros a encontrar el camino.

Si queremos acercarnos también a esta experiencia, esparzamos luz en todo lo que hagamos. Pongamos luminosidad en cada pensamiento que generemos, en cada acción y en cada palabra.

Busquemos esa lucecita interior, llevémosla a la superficie y apliquémosla en todo nuestro hacer como si fuera nuestra marca personal. Si queremos iluminarnos a nosotros mismos, iluminemos a otros.

¡Seamos luz, seamos como las luciérnagas!

Claudia Zaldaña, voluntaria de Nueva Acrópolis El Salvador

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