¿POR QUÉ DISCUTIMOS?

Las discusiones para buscar ponerse de acuerdo en un tema cualquiera son tan viejas como la humanidad misma, y casi siempre huimos un poco a ellas aunque solo se trate de decidir sobre de qué ingrediente pediremos la pizza.

La idea de discusión no debe ser mal vista; porque en no pocos casos, la contraposición de dos ideas divergentes, lejos de crear divisiones y conflictos, crea algo más grande que las dos ideas iniciales.

El filósofo Platón dedica todo una obra, La República, a este tipo de discusiones que van más allá de simples “dime que te diré” y se convierten en verdaderos diálogos donde las ideas de todos los participantes se van reforzando una a otra hasta llegar a conclusiones en las que todos están de acuerdo.

En el Libro VII de esta obra, Platón nos cuenta un mito de amplias significaciones, pero que hoy estudiaremos como aporte a la pregunta inicial: ¿Por qué discutimos?

El mito narra la historia de una Caverna en la cual hay personas que han vivido toda su vida encadenas y que ven hacia una pared en la cual se proyectan una serie de sombras (como una especie de cine). Estas sombras son manipuladas por unos personajes que Platón llama “los amos de la caverna” y cuyo objetivo es hacer creer a los encadenados que esas sombras son la realidad.

De vez en cuando uno de los encadenados se libera y penosamente se arrastra para salir de la caverna. A medida que sale sus ojos deben acostumbrarse a la luz, es un proceso largo de difícil descubrimiento, hasta que finalmente llega a ver y entender el mundo real.

Por amor a sus semejantes decide volver y contarles lo que ha descubierto, pero para ello debe volver a entrar y acostumbrarse a la oscuridad y, por si fuera poco, convencer a quienes siguen encadenados que hay un mundo allá afuera y que lo que conocen no son más que sombras de ese mundo.

 

mito de la caverna

 

Desde una de sus interpretaciones, el mito nos habla sobre el tránsito entre dos extremos: la ignorancia y la sabiduría. La primera, representada por los habitantes encadenados de la caverna y la segunda, personificada por quien ha salido de la caverna.

Sin embargo, de dónde podemos extraer los mayores aprendizajes es del viaje alegórico que se realiza para pasar de un punto al otro; es decir, movernos de la ignorancia a la sabiduría. Este viaje es el sendero de las opiniones.

Si estudiamos el origen de la palabra “opinar”, encontraremos que significa “creer en algo y optar por ello”; lo interesante es que no significa “conocer algo”. En otras palabras, las opiniones que damos sobre cualquier tema suelen ser subjetivas al ser basadas más en nuestras creencias que en nuestras experiencias. Es por ese motivo que nos sentimos cómodos dando opiniones sobre cualquier tema, lo conozcamos bien o no; porque al comparar ese tema con nuestra estructura mental de creencias generamos una posición sobre dicho tema, lo que nos permite dar nuestra opinión.

Lo atinado o destinado de una opinión reside en cuanta experiencia o conocimiento real tengamos sobre el tema en cuestión.

Por ejemplo: si preguntáramos a un estudiante universitario sobre su opinión sobre las oportunidades del mundo laboral, basará su idea en lo que ha escuchado o espera. Si le preguntamos a un trabajador a punto de jubilarse, dará su opinión considerando lo difícil que sería para él encontrar un trabajo. Y finalmente, si preguntamos a un generalista de Recursos Humanos encargado de contrataciones, tendremos una opinión más certera, pues es algo que conoce bien.

Si ponemos a estos tres personajes a hablar sobre el tema, lo más seguro es que se crearía una discusión: un choque entre fuerzas distintas en búsqueda de armonizarse. Lo útil o inútil de la discusión no dependerá del tema, sino de que se logre llegar a un acuerdo.

Si la gran mayoría de discusiones cotidianas se convierten en conflictos por diferencias de opinión que no lograron conciliarse; es decir, por contraposición cerrada de ideas subjetivas; lo importante (para minimizar el conflicto) es mantener en todo momento una actitud abierta a escuchar las distintas opiniones y buscar los puntos en común, antes de tratar de influir y modificar las opiniones que nos parezcan contrarias.

Esta actitud abierta a escuchar nos permitirá además identificar y aprender de aquellas opiniones que son más objetivas que las nuestras, porque se basan en mayor conocimiento o experiencia del tema.

Si entendemos que todos estamos aun transitando el sendero hacia la sabiduría (es decir, que nadie la posee en su totalidad) y que cualquier cosa que opinemos sobre cualquier tema es una idea perfectible, dejaremos de discutir tanto con otras personas; y más aún, lo que eran discusiones estériles se volverán amenas y enriquecedoras pláticas dignas de los míticos banquetes que Platón nos relata en sus libros.

 

 

Francisco Rivera, instructor del curso de Filosofía para la Vida

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