¿Es posible ser feliz?

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La felicidad es un tema que ha abarcado las mentes de muchos pensadores y filósofos a lo largo de la historia. Por ejemplo, Aristóteles nos indica que la felicidad es el bien supremo para el ser humano y que la verdadera felicidad se alcanza mediante la vivencia de la virtud y hacer el bien.

Para Epicuro, que nos legó un tratado completo sobre este tema, la felicidad está atada a los placeres. Sin embargo, esta idea, que ha sido malinterpretada tantas veces, viene seguida de una advertencia: La felicidad solo proviene de aquellos placeres que no vengan seguidos de dolor o carencia. Parece una advertencia sencilla, pero más al respecto: Los placeres, una vez se acaban, nos dejan con una sensación de vacío y la alegría causada por el goce de los mismos se desvanece tan rápido que pronto llega la insatisfacción y el ansia por buscar una próxima experiencia que nos llene.

Por ejemplo, comernos un pedazo de pastel nos genera satisfacción y, si el antojo es muy grande, nos causa una alegría momentánea. Pero, ¿cuánto tiempo dura esa satisfacción? ¡Muy poco! Entonces, ¿será que con el próximo pedazo de pastel volveremos a sentir alegría? Lo más probable es que si volvemos a comer pastel, sentiremos alguna satisfacción, aunque quizás ya no con la misma intensidad inicial. De hecho, pueden pasar dos cosas: O nos vamos aburriendo con cada ocasión y le perdemos interés a dicho placer, o bien, cada vez demandamos más y más de lo que nos causa placer para obtener un efecto (este es el principio de las adicciones).

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Para Epicuro, la verdadera felicidad está atada a los placeres duraderos, aquellos que perduran en el tiempo. Por ello, estaremos más cerca de la felicidad cuando compartimos con amigos queridos que al comprarnos objetos bonitos.

Un poco más adelante en el tiempo, Kant nos señala que la felicidad no es la finalidad del ser humano (discrepando con Aristóteles), porque casi siempre los humanos buscaremos la felicidad mediante la satisfacción de nuestros deseos e inclinaciones.

Sin embargo, si la felicidad nos viene por el cumplimiento del deber, es válida y deseable. Es decir, Kant le otorga un sentido de moralidad a la felicidad. Pero aclara: no debe ser el deseo de felicidad lo que mueva al ser humano a cumplir con el deber, puesto que esto quita toda moralidad y torna la acción en un acto interesado y egoísta.

¿Qué dice la ciencia al respecto? Sin entrar en mucha complejidad, en nuestro cerebro hay dos sustancias a las cuales prestarles atención: dopamina y serotonina.

Las cosas que nos causan placer y alegría generan que nuestro cerebro libere dopamina. Ésta nos hace sentir bien, pero sus efectos pasan rápidamente. De ahí que cada vez vamos a querer más y más de eso que nos hizo sentir bien. Las conductas y sustancias con potencial adictivo generan que nuestro cerebro produzca cada vez más dopamina.

En cambio, cuando nuestro cerebro genera serotonina, nos sentimos felices, plenos y realizados. Nos sentimos con esperanza. Incluso nos volvemos más saludables. La serotonina, y por tanto la felicidad, está más relacionada a nuestra forma de ver la vida y a nuestros sentimientos, que son más duraderos en el tiempo, que a la emoción pasajera de alegría.

¿Pero cómo alcanzar la felicidad?

Primero, recordemos que se “es” feliz. La felicidad está asociada al Ser, no al tener. En esto coinciden todos los pensadores que revisamos en este artículo. Querer encontrar la felicidad en “tener” objetos o experiencias es caer en la trampa de una rueda sin fin.

Segundo, la felicidad está más relacionada con cómo vemos y sentimos la vida. Por tanto, no es un destino. Es un camino. Es una decisión. Decidimos ser felices a pesar de todo aquello que, aparentemente, nos lo impide. Por ello, se puede ser feliz en medio de dificultades, se puede ser feliz a pesar del dolor, del miedo y de la incomodidad.

Tercero, recordando a Maslow, la satisfacción de las necesidades básicas es imprescindible para alcanzar la felicidad, pero esto por sí mismo no es suficiente. A través de la satisfacción de las necesidades vitales en su justa medida, del conocimiento de uno mismo y de la vivencia de las dimensiones morales y trascendentes, el ser humano puede acceder a la autorrealización y a la felicidad.

 

Entonces… ¿Te animas a ser feliz?

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